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Bajar la inflación es clave para reactivar

Por Federico Sturzenegger  | Columnista invitado de LA NACION

Defendiendo la necesidad de implementar políticas fiscales y monetarias expansivas durante la gran depresión de los años 30, John Maynard Keynes decía que “las ideas de los economistas, tanto cuando tienen razón como cuando no, son más poderosas que lo razonable. Los hombres prácticos, que se creen libres de cualquier influencia intelectual, en general son esclavos de algún economista difunto”.

Hoy, 80 años después de esa frase, le toca al propio Keynes ser el economista difunto que sigue cautivando el pensamiento de hombres “prácticos” como Moreno o Kiciloff.

No hay pensamiento más arraigado en el kirchnerismo que el que plantea que la inflación es necesaria para sostener el nivel de actividad económica. Y de hecho, en una muestra más de la eficiencia que este gobierno tiene para algunas cosas, se han sostenido las altísimas tasas de emisión necesarias para demostrar que se ha tomado esto en serio, logrando que estemos en el podio mundial de la inflación, acompañados por las descollantes economías de Sudán, Sudán del Sur y Bielorrusia.

Parece no ser suficiente para darnos cuenta de que éste no es el camino, el hecho de que ningún país serio haga lo que hace la Argentina. Tampoco parece servir la evidencia de nuestra propia historia, la cual señala que los períodos de alta inflación han coincidido en la Argentina con los de menor crecimiento. Las décadas de los 70 y 80, famosas por su incontinencia inflacionaria, nos depararon una tasa de crecimiento del 1% anual, que compara muy negativamente con el período 1991-2001, crisis incluida, cuando la inflación fue de 10% y el crecimiento de 3,5% por año. Incluso en la época K, el crecimiento de los años 2003 a 2007 promedió un 8,8% anual, con una inflación de 11%, desempeño superior al de los años 2008 a 2012, cuando la inflación trepó a 22% y el crecimiento cayó a 2,5 por ciento.

La inflación reduce el crecimiento porque afecta la capacidad productiva de la economía: el ahorro tiende a reducirse, con lo cual cae la inversión. La inversión se hace más ineficiente porque los precios relativos son más volátiles, y la gente y los empresarios se concentran en evitar la inflación y no en mejorar sus negocios. Así, los países con alta inflación tienden a tener un pobre desempeño en términos de productividad, inversión y crecimiento.

¿Por qué, entonces, esta creencia tan arraigada de que la inflación es necesaria? Los defensores retrucarían: ¿no resulta evidente que cuando el Gobierno imprime dinero genera capacidad de compra que tiende a estimular el gasto?

El problema es que cuando Keynes escribía, la economía norteamericana tenía un 25% de desocupación y deflación (caída) en el nivel de precios. Un escenario diametralmente distinto al de la Argentina de hoy, en el que la economía está operando a plena capacidad, y donde lo que se produce es lo que se puede producir. Y no hay magia posible que nos ubique por encima de eso.

En este contexto, la emisión se traslada directamente a inflación (como argumentaron E. Levy Yeyati, L. Llach, y J. L. Espert en las tres últimas ediciones de esta columna), con lo que si hay algún efecto sobre el nivel de actividad, resultará recesivo, porque su impacto será asimilable al de un “impuesto”. Y que yo recuerde, en la jerga del propio gobierno aumentar los impuestos es una práctica común del neoliberalismo ajustador.

Para cualquier asalariado, la inflación le va carcomiendo capacidad de compra a su sueldo o incluso a sus ahorros (por caso, en la Argentina un depósito a plazo fijo tiene una tasa de interés que no alcanza a compensar la inflación). Si la inflación es de 2% mensual, una persona con un sueldo de 8000 pesos y un depósito a plazo fijo de 20.000 pesos, verá caer su poder de compra en 274 pesos por mes. Lo llamamos impuesto inflacionario porque la situación es idéntica a la de una economía sin inflación, pero en la que le cobraran un impuesto de 274 pesos.

Asimismo, si a la inflación la genera la emisión, queda claro cómo se cierra el círculo del impuesto inflacionario: la emisión le pone plata en el bolsillo al Gobierno y se la saca a los consumidores. Refleja una “puja distributiva”, no entre empleadores y empleados, sino entre el propio Gobierno y los ciudadanos.

Los últimos datos de consumo lo muestran totalmente planchado. Nada que sorprenda, si los consumidores sufren este nuevo impuestazo que ya recauda un 2% del PBI. Para reactivar la economía deberíamos bajar este impuesto para devolverle capacidad de compra a la gente y lograr recuperar el consumo. Hace unas semanas, la Presidenta ponderó el efecto expansivo de la baja de los 8000 millones de Impuesto a las Ganancias. Pues mucho más expansivo será devolverles a las familias los 50.000 millones que hoy le saca el impuesto inflacionario.

La subsecretaria de defensa del consumidor Maria Lucia “Pimpi” Colombo declaró la semana pasada que “a quienes les preocupa la inflación, no están preocupados por el pueblo”. Para mí es justamente al revés: son aquellos a los que no les preocupa la inflación los que no están preocupados por el pueblo