
La rotación de cultivos es una de las prácticas más estudiadas y un símbolo de las ciencias agropecuarias desde que se cultiva la tierra. Más allá de la magnitud con que se la utilice y todas sus combinaciones de diferentes cultivos según la geografía y del posicionamiento mental de quien utiliza la tierra de que hace las cosas bien, es una de la «buenas prácticas» más mal utilizada.
Algunos de los objetivos de las buenas prácticas son: a) acrecentar la confianza del consumidor en la calidad e inocuidad del producto; b) minimizar el impacto ambiental; c) racionalizar el uso de fitosanitarios; d) racionalizar el uso de recursos naturales (suelo y agua) y energía; e) asumir una actitud responsable frente a la salud y seguridad de los trabajadores; f) ofrecer un mecanismo para llevar a cabo medidas concretas en pro de la agricultura y el desarrollo rural sostenible y g) ofrecer la base de acción internacional y nacional para elaborar sistemas de producción agrícola sostenibles. La rotación de cultivos cumple con gran parte de estos enunciados y está entre los temas de trabajo de la mesa de BPA que integra el INTA.
A nivel local, las entidades públicas y privadas actúan coordinadamente para satisfacer la demanda de productos o conocimientos arriba enunciados y que generan interrogantes en la sociedad. Ante las falencias de la utilización de la rotación en el más amplio sentido del concepto, desde hace unos diez años se cuenta con la ayuda de la agricultura de precisión, que permite trabajar el terreno según los ambientes -en lo que se denomina «agricultura por ambientes»-, para optimizar el uso de los recursos y reducir o eliminar el riesgo de contaminaciones por el uso no necesario de fertilizantes, por ejemplo. En el manejo variable, la robótica cumple su papel preponderante, ya que el implemento, sin la intervención del hombre, identifica mediante GPS el lugar donde está ubicado y qué manejo debe realizar. Entre estos manejos se puede citar la densidad de siembra en plantas por hectárea para optimizar la producción; la dosis de fertilizante adecuada (como ya se mencionó) según el potencial del suelo para retenerlo, elegir la variedad o el híbrido para el ambiente adecuado, o la distancia entre hileras.
Hay factores ajemos a la producción, que atentan contra la rotación de cultivos. Por ejemplo, ante variaciones de precios en las commodities energéticas, metales y aún el oro, los granos mantuvieron sus precios e incluso, se logran alzas. Antes estas perspectivas los inversores internacionales ven al mercado de alimentos como alternativa altamente rentable para nuevos negocios. Entonces la derivación de fondos para la producción de uno o dos años cuyo único fin es el lucro (y no se lo puede discutir dentro del modelo capitalista de país) la rotación no está contemplada en la calidad del ambiente. Lo mismo ocurre con arrendatarios que toman la tierra por una sola campaña productiva. Muchas entidades de productores están trabajando para lograr contratos a largo plazo, que incluyan una clausula que contemple a las «rotaciones» como práctica por realizar.
La realidad, no obstante, hace que a veces las rotaciones sean necesarias (imprescindibles) para esperar alguna producción. Una de las variables de las que no se puede salvar es la de la carga (presión) de patógenos en el suelo. El monocultivo de especies altamente susceptibles a enfermedades de raíz y corona, como sucede en la alfalfa, maní y soja (todos de la familia de las leguminosas), que incluso actúan como huéspedes de las mismas enfermedades, ha sido factor fundamental para inducir a rotar. El complejo de hongos de suelo es una de los aspectos más difíciles de manejar en la agricultura extensiva actual.
No solamente las enfermedades actúan como limitantes. Las malezas, cada vez más, se transforman en obstáculos difíciles de sortear. El uso indiscriminado de herbicidas con el mismo sitio o mecanismo de acción, ha permitido la proliferación de especies tolerantes o resistentes, lo que -unido a la falta de rotaciones-, en algunas regiones está permitiendo alta densidad de plantas de malezas de difícil control. En otros casos, plagas animales (por ejemplo las palomas) también actúan restringiendo la rotación al sacar de la posibilidad de siembra (por los altos niveles de daño), a cultivos adaptados y que cumplen su rol de incrementar la biodiversidad de cultivos extensivos y que tiene la opción de control de plagas por métodos biológicos, como ocurre con el girasol y su posibilidad del control de la isoca medidora con un bacilo.
Los aportes de la microbiología en general y la microbiología del suelo en particular (de la mano de Bradyrhizobium, Pseudomonas, Azospirillum y otros géneros de bacterias), cuya aparición comercial data de no mas allá de tres o cuatro años atrás, está contribuyendo como paliativo a la falta de rotaciones para la sustentabilidad agropecuaria, al generar mayor volumen radicular de las semillas inoculadas, trabajar en ambientes con menores niveles de fósforo, fijar nitrógeno biológicamente, promover el crecimiento y otros beneficios. Este nuevo paradigma productivo está aún en los comienzos y se espera mucho de él. Hasta hace unos pocos años, cuando se hablaba de inocular una bacteria, se pensaba en alfalfa o soja; pero los avances en la selección de eficiencia de diferentes cepas de distintos géneros de bacterias, se incluye a las gramíneas (trigo, maíz u otras leguminosas como el garbanzo, de reciente incorporación como cultivo de invierno en la zona), además de otros géneros botánicos.
A manera de conclusión, se podría aseverar que la falta de rotaciones, asociada a la expansión de los monocultivos y a expensas de los sistemas mixtos (con pasturas), más la imposibilidad de control sobre un correcto ordenamiento territorial, ha permitido grandes modificaciones (simplificaciones) de los ecosistemas para satisfacer necesidades económicas. Esto los ha vuelto más vulnerables (erosión por viento, inundaciones); aumentaron los problemas sanitarios y de conservación del medio ambiente y la reducción de la biodiversidad afecta adversamente la productividad y sustentabilidad. Existen, entonces, prácticas agrícolas que pueden incrementar la biodiversidad funcional (rotación de cultivos) y otras capaces de inhibirla (monocultivos).
José R. Marcellino, ingeniero agrónomo (MSc), AER INTA Río Cuarto
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