
Muchas veces se pone en duda el sistema de producción agropecuaria actual, tanto por la profesionalización del sector como por grupos de ciudadanos independientes que velan por la seguridad ambiental. Malcom Azcurra Moriena, del Ateneo Juvenil de la Sociedad Rural de Río Cuarto, sostuvo que «la producción amigable con la naturaleza es un camino innegable en los últimos años para el mundo y para nuestro país, e incluso nuestro sur cordobés».
Azcurra, quien se desempeña como coordinador interino de la Mesa de Buenas Prácticas Agropecuarias de Río Cuarto, disertó como tal en la jornada realizada por Maizar y FADA en la reciente Exposición Rural, en donde dejó un mensaje alentador en referencia a que desde el sector profesional del agro, la academia y la investigación proponen una herramienta clave que viene a derribar todo aquel paradigma de productividad en contra del ambiente, como son las Buenas Prácticas Agropecuarias (BPA).
Azcurra definió a las BPA como a todas las acciones que se realizan en la producción agropecuaria de productos vegetales y animales, desde la preparación del terreno hasta la cosecha, el embalaje y el transporte, orientadas a asegurar la inocuidad del producto, la protección al medio ambiente y la salud y el bienestar de los trabajadores. Surgen así un conjunto de principios, normas y recomendaciones técnicas, tendientes a reducir los riesgos físicos, químicos y biológicos en la producción, cosecha y acondicionamiento en la producción agropecuaria. Estos tres elementos esenciales de las BPA (viabilidad económica, sostenibilidad ambiental, aceptabilidad social) están incluidos en la mayor parte de las normas del sector público y privado, pero el rango de opciones que estas abarcan cambia ampliamente. Algunos agregan un cuarto elemento al que se llama Institucionalidad, que debe ser el «árbitro» que cumple su rol de intermediario entre los distintos actores sociales para manifestar y hacer valer las reglas de juego; es decir, que debe velar por que la producción agropecuaria se realice en forma amigable con el ambiente y, por otro lado, debe promover las BPA. «Este rol lo debe cumplir el Estado en sus tres niveles (local, provincial y nacional)», dijo, mencionando que se están haciendo muchas cosas desde la sanción de leyes, pero aún le falta madurar.
Mencionó además que la industria alimentaria y las organizaciones de productores, así como también los gobiernos y organizaciones no gubernamentales (ONG), han desarrollado en años recientes una gran variedad de códigos, normas y reglamentos sobre buenas prácticas agropecuarias, con el objetivo de codificar las prácticas de una gran cantidad de productos a nivel de explotación agraria. Su objetivo comprende desde el cumplimiento de las exigencias de regulación del comercio y gobiernos particulares (en particular en materia de inocuidad y calidad de alimentos), hasta exigencias más específicas de especialidades o nichos de mercado. Azcurra agregó que inclusive hay determinadas producciones frutihortícolas que hoy tienen protocolos de certificación para BPA que otorgan valor agregado a la producción, transformando al «commodity» en un «speciality» y por ende genera un incentivo desde el punto de vista comercial.
Derribar paradigmas
Azcurra hizo hincapié en que con «el crecimiento exponencial de la población mundial y su demanda de alimentos consecuente es necesario derribar el paradigma de que la producción de alimentos y el ambiente son cosas opuestas. Si seguimos pensado de esta manera, la seguridad alimentaria mundial corre serios peligros, y es por ello que la producción y el ambiente no sólo que es posible sino necesario, por eso debemos pasar del paradigma ambiente o producción, a ambiente y producción».
Un ejemplo del paradigma «ambiente o producción» es el de las malezas resistentes a herbicidas. La resistencia de las malezas o plantas indeseables en los cultivos, es causada principalmente por el uso repetitivo año tras año del mismo principio activo del herbicida y del mismo cultivo, lo que contribuye sobre una presión de selección sobre las malezas donde sobrevive el grupo de la población que naturalmente es resistente y por ende se siguen reproduciendo logrando una cantidad de individuos que se tornan un problema para la producción.
Un ejemplo que representa el paradigma «ambiente y producción» es el paso de la labranza convencional a la labranza cero o siembra directa. La labranza convencional se refiere a la preparación de la cama de siembra a través de la rotura e inversión de la capa superficial del suelo para luego sembrar. Esto provoca una pulverización del suelo y exposición a la erosión por el viento como por la lluvia, y trae aparejado mayor riesgo a la erosión.
En cambio, la labranza directa no remueve la capa superficial del suelo para implantar el cultivo, evitando las pérdidas por erosión. Otra ventaja que tiene la labranza cero es el menor consumo de gas oil o energía fósil ya que se realiza una sola pasada por el lote que comprende la siembra y se evitan las pasadas de preparación de la cama de siembra. La menor erosión como el menor uso de gas oil, son formas de BPA, ya que son saludables para el ambiente y permiten producir.
Por otro lado, la adopción de tecnologías en la agricultura argentina contribuyen también al paradigma «ambiente y producción» (ver gráfico). Por ejemplo, el uso de pesticidas y organismos genéticamente modificados (OGM) permite independizarse de la preparación de la cama de siembra (labranza convencional) para «limpiar» el lote de malezas. Desde el punto de vista del cuidado químico del suelo, el uso de fertilizantes e inoculantes permite reponer y cuidar los nutrientes presentes naturalmente del suelo. Normalmente las dosificaciones de fertilizantes, semillas y plaguicidas son recetadas en promedios por lote, y la agricultura de precisión lucha contra este sistema ya que tiene por objetivo colocar la cantidad de insumos que cada ambiente soporta, es decir que se coloca la cantidad de fertilizante, semillas y plaguicida correcta desde un profundo estudio agronómico previo, lo que permite no colocar excesos de químicos y cuidar el ambiente.
A su vez, las empresas de agroinsumos también se interesan en este paradigma «ambiente y producción». Al pasar de los años los productos fitosanitarios o plaguicidas disponibles en el mercado son fabricados con menor grado de toxicidad con el objetivo de cuidar el ambiente y a los operarios de las aplicaciones. Hoy han sido erradicados prácticamente los plaguicidas «rojos», de alta toxicidad (Clase I), que en 1985 representaban el 25% del portfolio de los productores; mientras que los más benévolos en ese sentido (los «verdes» clase IV) crecieron del 15% al 80% desde 1985. También bajó el uso de productos de mediana toxicidad (amarillos, clase II).
«Es por ello que estamos tan seguros de que con las BPA vamos por el camino correcto, porque cuidan el ambiente, no disminuyen la productividad y son rentables», destacó Azcurra después de profundizar en los ejemplos citados anteriormente.
La fuerza de las relaciones
Para el joven ruralista, la Mesa de BPA es un gran ejemplo donde 14 instituciones del agro, movidas por el convencimiento de que las BPA son claves para la producción, asumieron la misión de generar el ámbito de reflexión y capacitación en torno a las Buenas Prácticas, con el propósito de comunicar y concientizar sobre las mismas en toda la comunidad.
El objetivo es la comunidad y la estrategia son las relaciones entre las instituciones que la conforman y la comunicación a través de diversos medios. «Por ello estamos convencidos de que uno no puede llegar más allá de los que sus relaciones lo permitan» afirmó Azcurra, tras considerar que en la unión de las instituciones está la fuerza de promover una producción agropecuaria sustentable en el tiempo, donde los asesores privados piensen no sólo en brindar un asesoramiento sino en pensar en servicios ecosistémicos, ya que todos vivimos en la misma casa llamada tierra.
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