Por Eduardo Bagnis. Médico veterinario, presidente de la SRRC
Parece ser que a los argentinos nos gusta volver siempre a lo mismo. Desde el retorno a la democracia, hace ya más de treinta años, hemos vivido ciclos que se repitieron unos tras otros prácticamente de la misma manera, empezando cada uno de ellos con una fuerte devaluación de nuestra moneda, para seguir luego con una mejora sustancial de la economía por un corto tiempo y llegar a un punto de inflexión donde todo se derrumba produciendo un fuerte estancamiento de la misma, acompañado por una espiral inflacionaria que hace inviable cualquier actividad productiva.
Esta última década no fue la excepción. Comenzó con un tipo de cambio competitivo, con una alta capacidad ociosa de la industria, con una tasa de inversión subiendo año tras año, con superávit fiscal y comercial, con uno de los mejores términos de intercambio de la historia argentina y tasas de interés muy favorables en el mundo, con el sustancial aumento en el precio de los commodities agrícolas, y hasta con soberanía energética, pero a su término vuelve a la crisis que le dio origen.
Los marcados desequilibrios macroeconómicos han llevado a la falta de divisas, aun con un fuerte control cambiario; a un creciente déficit fiscal, a una política monetaria que genera alta inflación, fuertes distorsiones de precios relativos; en especial, un atraso del tipo de cambio, y fuertes intervenciones sobre la producción agropecuaria.
Todo esto ha llevado al quiebre de las economías regionales del interior, que son los motores de la actividad económica del país, y mientras éstas expulsan trabajo, amigos del poder desembarcan en el sector publico abultando sustancialmente los presupuestos, tomando al Estado como un cobijo para lo que adhieren a un supuesto modelo de «inclusión social» que sólo alcanza a ellos mismos.
Mientras tanto, en el sector perdimos de 10 a 12 millones de vacunos, contemplamos el cierre de frigoríficos, vemos como se ha cartelizado el mercado del trigo, soportamos los ROE (Registros de Operaciones de Exportación), las retenciones, y ahora cuando el que puede, se queda con algo de su producto como moneda de cambio, en castigo, se le priva del crédito. Que distante de aquel Banco Nación que fomentaba la retención de la producción para no vender en momentos de sobreoferta.
Es lógico pensar entonces que con estas políticas seguimos condenados al estancamiento, mientras países vecinos avanzan y ocupan nuestros lugares. Si hasta parece ser que nuestra política agropecuaria hubiera sido diseñada por ellos mismos, que son nuestros competidores.
Realmente no exageramos si definimos a este Gobierno como aquel que «nunca perdió la oportunidad de perder todas las oportunidades».
Es entonces prioritario que desde nuestro sector sigamos bregando por políticas públicas estables y duraderas, con un sistema tributario justo y equitativo para lograr mayor
movilidad, integración y justicia social, porque la actividad agropecuaria es sin dudas una de las más dinámicas de la economía nacional, capaz de generar trabajo en origen y puede generarlo aún mas mediante el agregado de valor, cumpliendo así con su rol estratégico en el desarrollo territorial y nacional.
PUNTAL TRANQUERA ABIERTA