La gran fábrica a cielo abierto que representa el campo argentino debe enfrentar en cada ciclo un sinfín de adversidades propias de la actividad y sus características. Principalmente las vinculadas a aspectos climáticos, con los habituales períodos de sequías o de inundaciones, tormentas extremas con fuertes vientos que arrasan los cultivos o las fatídicas granizadas. Por eso, cuando los agricultores deciden enterrar una semilla inician allí un complejo camino que muchas veces se ve truncado antes de la cosecha.
Esta campaña fue un muestrario de estos contratiempos en muchas regiones productivas, no sólo de Córdoba, sino del país entero. La Niña volvió a castigar a zonas de alta producción y también a regiones marginales. En algunas provincias como Chaco, Formosa o Santiago del Estero, las posibilidades de cosecha son casi nulas. En el corazón de la provincia de Buenos Aires pasaron raudamente de la sequía extrema a las inundaciones y el granizo, casi sin estaciones intermedias. Y la provincia no quedó al margen de esos vaivenes climáticos y tuvo, especialmente en las zonas de mayor productividad, como es el Este que limita con Santa Fe, severos golpes del clima. Las lluvias allí fueron muy esquivas y esos períodos de sequía se combinaron con recurrentes olas de calor, especialmente en el cierre de 2024 y el comienzo de 2025. Los cultivos padecieron esas condiciones extremas y sus rindes, en los casos de los lotes que llegan a cosecha, sentirán el impacto.
Por su parte, la región de Río Cuarto no fue una excepción y muchos productores sufrieron granizadas en el cierre de 2024 que los obligó a replantear sus esquemas originales y resembrar, aún resignando rindes y lógicamente aumentando costos. Ahora el temor crece por las persistentes lluvias y la humedad que pueden dañar la calidad de los granos y, de continuar, hasta la operatoria de cosecha.
Finalmente ayer, muchos campos de la zona de Bengolea y Ucacha sufrieron el paso de una tormenta con fuertes ráfagas de viento y una granizada de magnitud que en muchos casos eliminó los cultivos de los lotes.
Esas son las realidades que cada año deben enfrentar los productores y que muchas veces no se terminan de comprender por parte de quienes toman decisiones en un escritorio alejado de estos contextos.
Por eso, en situaciones como estas es cuando más afloran las otras dificultades que cargan a la producción agropecuaria y que están vinculadas a la pesada mochila tributaria que impide que quien padece un golpe de estas características puede tener capacidad de resiliencia.
Los recursos que se van vía derechos de exportación podrían significar un reaseguro para quienes trabajan diariamente la tierra bajo los riesgos climáticos. Y cuando esas vicisitudes no ocurren, para apalancar las inversiones que alienten una mayor competitividad y producción.
En el mientras tanto, cada vez que ocurre una adversidad climática habrá un riesgo cierto de desaparición de un productor. No es algo inédito; ocurre a cada momento y mientras los fondos siguen concentrándose sin siquiera retornar a las regiones donde se originan para mejorar aspectos sensibles como la logística o la conectividad.
Por eso se celebró el paso dado por el Gobierno al bajar temporalmente las retenciones. Pero al mismo tiempo, con esos mismos argumentos es que se señala que la medida es insuficiente y debe ser permanente y parte de un esquema que lleve a la eliminación de un tributo claramente contraproducente para el sector.
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