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Excusas que buscan justificar lo que resulta insostenible

La puesta en palabras del pensamiento de un ministro nacional, que representa mucho más que la cartera que ocupa dentro del andamiaje de la gestión del presidente Javier Milei, respecto a las retenciones y a por qué la Argentina se encuentra estancada en la producción de granos no deja de sorprender y alertar por lo insustancial de los argumentos.
Federico Sturzenegger, ministro de Desregulación y un protagonista central del Gobierno, dijo esta semana: “Me piden bajar las retenciones, pero Brasil pasó de 50 millones de toneladas de soja a 150 millones y nosotros nos quedamos estancados en 45 millones. Entonces, me parece que es mucho más interesante preguntarse por qué Brasil triplicó la producción. Y no son las retenciones necesariamente”. La explicación continuó luego cuando el propio Sturzenegger hizo referencia a semillas supuestamente desarrolladas por ingenieros argentinos que no pueden monetizarlas en el país porque “no pueden sostener esa propiedad intelectual”.
Hay mucho para observar dentro de los argumentos del funcionario. Claramente lo primero es que las retenciones no serían un problema central en el plano productivo nacional y en cambio habría que apuntar al atraso genético. Particular visión.
Y habrá que introducir rápidamente que además la producción de Brasil también crece por una fuerte ampliación de superficie productiva, sino se estaría analizando sólo una parte de la realidad. Ahora bien, esa nueva área, a miles de kilómetros de los puertos se incorporó porque allí aún existe rentabilidad. Nadie invertiría para producir a pérdida. Y en ese caso no es la genética -que puede aportar su grano de arena- sino que principalmente hay una ecuación económica que habilita la producción extendida. En Argentina, en cambio, quienes están a más de 350 o 400 kilómetros de los puertos empiezan a tener dificultades de rentabilidad porque la carga impositiva es agobiante. El último informe de Fada muestra que el 58% de la renta agrícola queda en manos del Estado, aún con la baja temporaria de las retenciones. La medición anterior había sido del 64%; recordando que el Gobierno anunció que volverá a los niveles anteriores de retenciones luego del 30 de junio.
Vale la pena sumar que, por eso, hoy un productor de Brasil recibe al menos 40% más por cada tonelada de soja en dólares. Entonces, no hace falta recurrir a demasiada imaginación para concluir que sin los derechos de exportación habría más inversión en tecnología y se podría incluir a muchas áreas productivas que hoy quedan afuera por una ecuación económica en rojo.
Pero siguiendo con el razonamiento de retenciones o genética, ¿cuál sería la explicación al evidente estancamiento de la producción de carne o de leche en el país? Porque no sólo hay semilleros argentinos que venden al mundo, sino que la genética vacuna es de avanzada en el país, a pesar de todo.
Los ganaderos son sobrevivientes de décadas de políticas agropecuarias sin sentido. Atravesaron prohibiciones de exportaciones, retenciones, organismos creados para burocratizar el comercio y aumentar los costos, escándalos como la Oncca con subsidios truchos, y aún así logran un producto de excelencia mundial. Es una producción necesariamente de largo plazo que fue atravesada por cambios permanentes, idas y vueltas.
Pero eso no fue gratis. La Argentina tiene prácticamente el mismo rodeo. En el último balance oficial se contabilizaron 51,6 millones de cabezas al 31 de diciembre, un 2,2% menos que un año atrás. ¿Cuántas más cabezas podría tener el país si, como Brasil, hubiesen existido políticas productivas activas más allá de los cambios de gobierno? ¿Cuántas más toneladas de granos?