Facebook
Twitter

Cuando las secuelas de las malas políticas quedan a la vista

Sin dudas que la Argentina es un caso de estudio a nivel global. De hecho, hasta premios nobel de Economía han posado la mirada sobre el incomprensible andar del país, que supo codearse a nivel global con las naciones de mayor trascendencia y hoy transita un fango con dudosos caminos de salida. De hecho, la frase del premiado por la academia sueca en 1971, Simon Kuznets explica acabadamente esto: “Hay cuatro clases de países: desarrollados, en vías de desarrollo, Japón, y la Argentina”. Andrés Hatum, profesor de la Universidad Torcuato Di Tella, agrega que “la Argentina era, tal vez, el único caso de un país que fue, en apariencia, desarrollado, en la década de 1920 y a partir de allí, se ‘subdesarrolló’”.
Claro que ese declive no fue producto de ningún hecho extraordinario o fortuito, sino la consecuencia del cúmulo de errores y la obstinación por emprender caminos sin salida.
Entre sus múltiples crisis económicas hay un común denominador: la escasez de dólares. Y para seguir atrayendo la atención de los investigadores, el camino que se toma es el de prohibir, trabar, penalizar y dificultar exportaciones. Un elemento central para seguir siendo calificado como rara avis dentro del concierto de países.
Claro que ese tipo de decisiones no fueron gratuitas y observadas en perspectiva explican mucho del declive argentino. Hoy, el país luce estancado o en retroceso en muchas de sus principales producciones con respecto a su propia historia y más aún en comparación con vecinos y otros competidores del mundo. Lo que ocurre con los granos es una clara evidencia, pero más aún con la ganadería, que todavía no logra recuperar los niveles perdidos por el duro golpe recibido a partir de 2008, con una serie de decisiones políticas que sacaron al país de los mercados y terminaron afectando severamente la oferta y finalmente el consumo interno por la suba de precios.
A fines del 2007 el país contaba con 58,8 millones de bovinos según los registros oficiales del Senasa, pero sólo 3 años después esa cifra había descendido vertiginosamente hasta 48,8 millones: se habían perdido 10 millones de bovinos.
“Las políticas de intervención sobre los mercados de hacienda y carne bovina aplicadas durante el período 2007-2009, primer gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, resultaron sumamente costosas para la actividad ganadera en términos de desaliento a la inversión y la producción”, explicó en un reciente informe la Fundación Mediterránea. Y si bien las existencias se fueron recuperando en los años siguientes, no lograron volver a los niveles de entonces, ubicándose en 54,2 millones a fines del 2022. En ese contexto, Córdoba es, entre las provincias ganaderas, la que más lejos está de alcanzar su nivel de 2007, mostrando aún un rodeo 18% menor. Cuando se abre el lente se observa que 9 de las 10 máximas provincias productoras del país aún están por debajo de aquellos números. Pasaron 15 años.
Esa distancia y esos resultados muestran con contundencia las secuelas de políticas cortoplacistas que minimizan o desconocen los efectos de mediano y largo plazo de una actividad cuya esencia es la planificación y el horizonte.
Y hoy es posible advertir a simple vista que lo que productores y entidades del campo señalaron en su momento fue lo que finalmente ocurrió: por tomar un atajo para disfrutar un espejismo se empujó a toda una cadena productiva a un desierto del que hoy todavía no puede salir. Eso no sólo tuvo consecuencias para los actores del sector, sino para miles de trabajadores que hoy podrían ser parte de un circuito que se rompió, y para el país todo por recursos que no se generaron y que hoy podrían ser un alivio para transitar la crisis.